Francesc de Carreras Serra, noviembre de 2017

LA REALIDAD CONSTITUCIONAL

Francesc de Carreras (Barcelona, 1943) es catedrático de derecho constitucional, colaborador de El País y uno de los intelectuales más influyentes de nuestro tiempo en la formación de pensamiento político. Es un activo integrante de las corrientes antinacionalistas y ello le ha llevado a participar en innumerables iniciativas cívicas y políticas en toda España. Así, durante el verano de 2005 suscribió junto a otros intelectuales un manifiesto por la creación de un nuevo bloque político en Cataluña y que intervino como germen de Ciudadanos.

El proceso por la independencia de Cataluña, que penetra irremisiblemente en todas las facetas de nuestra vida cotidiana y profesional, ha mostrado la fragilidad de nuestro sistema de convivencia. Acaso no de nuestras instituciones y recursos legales, sobre todo de estos últimos, que han sido objeto de aplicación motivada y proporcionada a la gravedad del desafío secesionista. Pero sí de los equilibrios que hacían posible la armonía social. Desempeñamos así nuestra función jurisdiccional en el contexto de una sociedad dolorosamente fracturada, en la que es muy difícil hacer penetrar el sentido de probidad y rectitud que tratamos de imprimir a nuestras decisiones. Para una gran parte de los ciudadanos catalanes, los que a duras penas reconocen al resto esa condición cuando no la niegan furiosamente, la noción de justicia ha resultado ser un rasgo más de su imaginario frustrado, una más de todas esas emociones desbordadas que la realidad de los días ha empujado más allá de cualquier límite mínimamente admisible. La emoción es su refugio frente a cualquier atisbo de conciencia crítica.

Primero fue necesario aniquilar el pragmático grado de racionalismo que servía para sobrellevar nuestra vida juntos. Para eso hubo de negarse la necesidad de ajustar la conducta a las normas, el deber de conducirse con arreglo al deber. Luego los sentimientos han quedado desgastados y rotos de tanto abusar de ellos para arrojarlos contra los demás. Ahora el nacionalismo catalán, con todas sus fanfarronadas, solo está hecho de miedo.

Mientras tanto, entre esa otra parte de los ciudadanos cunden la sensación de abandono y desesperanza o incluso la ira y el ánimo de venganza, que no puede intervenir nunca como el fundamento para un castigo justo.

Son necesarios hombres y mujeres nuevos para un compromiso nuevo. Es necesario reinventar algunas de nuestras cosas en común. Para eso sirve el derecho. Pero primero deberemos recomponer, delimitar de forma precisa, el objetivo de nuestras normas de convivencia. Durante la última sesión del Foro, Antón Costas propuso que tratáramos de reencontrarnos con las virtudes. Pero no bastará con un diseño más perfecto para nuestro sistema si no somos capaces de conducir hasta él a todos. Y para eso, porque en ese plano se encuentran, debemos hablar a las emociones. Describir comportamientos, no personas. Atajar las confusiones conceptuales contraponiendo cualidades morales. Confiar en que eso sea suficiente para reconstruir en todos los mecanismos de contención de lo emocional que, solo después o no será posible de otra manera, nos permitan retomar la empresa de aprender a vivir juntos como la única solución posible y razonable a esta situación.

Quienes confiamos en el derecho y en la verdad, porque sin ellos es imposible la justicia social, hemos de renovar aquí nuestra vocación de servicio a los demás y nuestro compromiso en la búsqueda de esa clase de justicia. También por la concordia que tanto necesitamos, porque esa clase de justicia solo puede alcanzarse a través de ella.