Antón Costas Comesaña, julio de 2017

EL CAPITALISMO Y SUS DESCREÍDOS

Antón Costas (Vigo, 1949) es Catedrático de Economía Aplicada en la Universitat de Barcelona y ha centrado su trayectoria investigadora en el estudio de los procesos de liberalización y regulación de la competencia, esfuerzo plasmado en una decena de libros de notable difusión. De forma más reciente, ha desarrollado también una intensa labor de divulgación de los rudimentos de la economía a través de diversos medios de comunicación, siendo frecuentes sus colaboraciones con el diario El País. Por unas y otras razones, ha alcanzado un notable grado de reconocimiento no solo como economista sino también como pensador.  Así, su prestigio e influencia le condujeron a la Presidencia del Círculo de Economía de Barcelona o a la representación de Endesa en Cataluña. Por eso es capaz de alcanzarnos con reflexiones dadas desde los entresijos de nuestro régimen económico y social. Entre sus últimas aportaciones destaca el más reciente “La nueva piel del capitalismo” (Galaxia Gutenberg, 2016), que condensa una reflexión sobre las consecuencias sociales del desgaste del sistema capitalista y la crisis de su sistema financiero.

Nuestros días son los de una profunda crisis en el sistema político y económico que inspiró el orden que resultó de la pacificación de Europa, por contaminación de una primigenia crisis del modelo capitalista de especulación financiera, que previamente había logrado alienar, a esa concepción particularmente europea del modelo capitalista más general, de una parte esencial de los valores que le servían de contrapeso. La creciente desigualdad social, la desconfianza en el modelo comunitario y el desvalor generalizado de las instituciones, el nuevo auge de los localismos, las tensiones migratorias o el riesgo ecológico, son solo síntomas que, desde una mirada más amplia y pausada, permiten identificar nuestra crisis como una crisis epistémica: la de un modelo que llegó a darse por supuesto, que despreció la oportunidad de cuestionarse, de medirse con los valores que habían definido aquella idea de Europa.

Constatada la gravedad de nuestra situación y ante la complejidad del escenario globalizado, no cabe sin embargo ceder al desaliento. Solo con un pragmático grado de optimismo podremos acometer, de manera fecunda, el esfuerzo ingente de necesaria reformulación de nuestro sistema socieconómico. Para lograrlo, no solamente se antojan como indispensables un alto grado de compromiso cívico y la asunción, sin reservas y como propias, de las necesidades de los demás. Debemos comenzar por hacer memoria del momento en que consentimos hacer traición a ese círculo de valores que permitieron construir esa nueva Europa, que se nos ha hecho vieja de forma tan dolorosa e inesperada.

 

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